Varias veces he renacido, por lo cual tengo la suerte de celebrar mas de 6 cumpleaños anuales. El 13 de octubre es uno de esos días.
Cierta vez, viajando de Bs As a Junín, salvé mi vida milagrosamente, en la ruta 7. Eso fue en el año 2000.
Este año, me tocó salvar no solo mi vida, sino también las de mi esposa y mi hijo. Esta vez, la experiencia, la previsión, y el razonamiento en tiempos límite, fueron los artífices del nuevo nacimiento. Los detalles, se los puedo dar a quien le interese.
Fué un viaje a Buenos Aires bastante complicado, y la vuelta me preparaba un momento intenso, difícil.
Entre las localidades cordobesas de La Laguna y Ausonia, en una ruta provincial 6 mal señalizada, de noche y con lloviznas, un camionero decidió que tenía que sobrepasar a varios vehículos, circulando por mi carril a toda velocidad, con las luces altas, y a escasos metros de una curva. Sin intenciones de arrepentirse. Por suerte pude evitar la colisión.
No pienso descargar tormentas de furia e insultos. Ustedes no lo necesitan ni lo merecen.
Contrario a eso, agradezco a la vida el hecho de poder levantarme de la cama, de ver a mi hijo con sus berrinches, y hasta disfruto y agradezco las asperezas en la convivencia diaria.
Porque, desde esa banquina oscura y mojada, desde esa ruta llena de luces de patrulleros, y de gente curiosa, y combustibles derramados, desde ese lugar lleno de vidrios y plásticos esparcidos en el asfalto, desde aquellos hierros retorcidos, y desde esa sangre derramada y esas vidas perdidas, desde ese lugar, desde ese accidente que no ocurrió, tengo que agradecer la nueva oportunidad. Y vivir la vida como se merece vivirla.
Ese fue un punto de quiebre donde debí elegir, en esa banquina, quedar en el recuerdo como un muerto mas, o hacer una diferencia en lo que me queda de extra vida.
Elegí vivir, y mejorar todo aquello que pueda mejorar. Elegí ayudar a mis amigos, y a quién me lo pida. Elegí que mi vida tenga un sentido útil para todos y no solo para mi.
Así de simple. Elegí la opción mas difícil.
jueves, 16 de octubre de 2008
miércoles, 15 de octubre de 2008
Deme un cuarto de opera y un cuarto de mayco sin sal...
EN EL FINAL
En el consultorio, fin de la tarde, el médico da una pésima noticia:
- Ud.. señora tiene seis horas de vida.
Desesperada, la mujer corre a su casa y le cuenta todo al marido. Los dos deciden gastar el tiempo que resta de vida de ella haciendo el amor. Lo hacen una vez, ella pide repetir. Lo hacen de nuevo, y ella pide mas.
Después de la tercera vez, ella quiere hacerlo de nuevo. Y el marido le dice:
- Ah no... ¡ya basta!. Yo me tengo que levantar temprano mañana... y vos no!
BRUTOS DE PESCA
Una nena de 10 años va a pescar con su bruto padre y vuelve con el rostro todo hinchado. La madre, asustada, pregunta:
- Mijita linda, que te pasó?
- Fue una abeja mamá...
- Y te picó?
- No tuvo tiempo, el papi la mató con el remo.
EN EL GERIATRA
El médico atiende un viejito millonario que había comenzado a usar un revolucionario audífono
- Y entonces, don Almeida, ¿le está resultando su nuevo aparato?
- Si, es muy bueno.
- Y a su familia le gustó?
- Todavía no le conté a nadie, pero ya cambié el testamento tres veces.
En el consultorio, fin de la tarde, el médico da una pésima noticia:
- Ud.. señora tiene seis horas de vida.
Desesperada, la mujer corre a su casa y le cuenta todo al marido. Los dos deciden gastar el tiempo que resta de vida de ella haciendo el amor. Lo hacen una vez, ella pide repetir. Lo hacen de nuevo, y ella pide mas.
Después de la tercera vez, ella quiere hacerlo de nuevo. Y el marido le dice:
- Ah no... ¡ya basta!. Yo me tengo que levantar temprano mañana... y vos no!
BRUTOS DE PESCA
Una nena de 10 años va a pescar con su bruto padre y vuelve con el rostro todo hinchado. La madre, asustada, pregunta:
- Mijita linda, que te pasó?
- Fue una abeja mamá...
- Y te picó?
- No tuvo tiempo, el papi la mató con el remo.
EN EL GERIATRA
El médico atiende un viejito millonario que había comenzado a usar un revolucionario audífono
- Y entonces, don Almeida, ¿le está resultando su nuevo aparato?
- Si, es muy bueno.
- Y a su familia le gustó?
- Todavía no le conté a nadie, pero ya cambié el testamento tres veces.
viernes, 10 de octubre de 2008
Un pequeño problemita
Como los daltónicos con los colores, no puedo discernir entre que el agua hierva o ebulla.
Y me cago quemando.
Y me cago quemando.
lunes, 6 de octubre de 2008
El telo y la tele
Hace muchos, muchos años, había una parejita feliz, que vivía sus años idiotas envueltos en un amor de película. De película muy pelotuda.
Eramos tan felices, que ahora me doy cuenta que solo eramos dos niños viviendo una historia sin futuro, un cuento insostenible. La inmadurez que ostentábamos solo era comparable a la idiotez que profesábamos, cuando frente al mundo nos decíamos palabritas de enamorados. Usted sabe a que me refiero. Esas cosas de la categoría “cuchi cuchi”. Eramos idiotas. Y felices. Si bien no extraño esa felicidad de jardín de infantes, extraño algunas cosas que nos sucedían a menudo, como la historia del telo de La Perla, que Onírica me pide a gritos que cuente.
Por mandato de una ley de tiempos inmemoriales, los padres aceptaban todo, absolutamente todo de mi, menos que me llevase a la nena de vacaciones. Solos. Podíamos ir con la agrupación hippie “emporrados es mejor”, y no había problemas. Pero solos no. Podíamos ir con el club swinger “prestame a la tuya que la mía me cansó”, y culear como gorilas en la niebla… pero solos, como una pareja común, no.
De hecho, ese fue el motivo principal de nuestra separación. Había dado sobradas muestras de integridad, entereza y valores morales (el primer día que fui a su casa, estaba borracho como una cuba). Esgrimían sus padres argumentos como “que van a decir los vecinos”(¿?)
No recuerdo el año, supongo que fue por allá por el 96, decidimos irnos unos días a la feliz, la perla del atlántico, la ciudad más bella del mundo de marzo a diciembre. Nos íbamos unos días a Mar del Plata.
Claro, estaba el tema de que no podíamos ir solos, por lo que tuvimos que buscar (no seria esta la primera vez) un tercero que oficiara de chaperon. En este caso, fue una amiga de ella.
Fuimos hasta la estación constitución, de noche, a tomar el tren. Optamos por esa opción, no por el precio, sino por la aventura. ¡para que!. Apenas subimos al tren, una banda de monos empedados, empezó a cantar como si estuviéramos en la cancha de Claypole. Eso, olor a todo, la mugre, y la iluminación del tren, hacían el fiel reflejo del tren fantasma, o tal vez mas acertado, de un tren con rumbo al presidio del fin del mundo. Y encima, para empeorarla, el tren estaba sobrevendido, por lo cual hubo una pequeña escaramuza en el vagón a raíz de un asiento y dos pasajeros. Una vez que hubo arrancado el convoy infernal (dos horas después de la estipulada), apareció el guardatrén. Y se le ocurrió a este saprogeno, pedir los boletos para controlarlos. Uno de los pasajeros enardecidos, se negó a dárselo, y el guarda se fue y volvió con un amiguito fornido. Entraron al vagón, y encararon al pasajero sedicioso. Este se incorporo, y al instante empezó una guerra de puñetazos e insultos llenos de furia. Esto duro unos 10 minutos. Así empezaba la noche. La noche de mis mini vacaciones en pareja.
Después del viaje en tren, una peripecia irrepetible, una tortura de órdago, llegamos caminando desde la estación, a la avenida independencia. Déjenme decirles que como caballero, debía llevar mi bolso, los bolsos de mi amada, mas los de la amiga de mi amada, mas cajas de comida que la amiguita esta traía para no se quien, mas bolsas y bolsitas. Era yo un bagayero boliviano, caminando hacia el cruce de Avenida Luro e Independencia.
Unos años atrás, había estado en un hotel llamado Sennac, un lindo lugar, donde no me habían cobrado caro, y me habían atendido bien. El Sennac estaba completo, el Ola Mar, también. La desesperación por dejar los bolsos en el piso era tremenda. Y las dos boludas nucleares venían quejándose de que tenían sueño. ¡Sueño!. ¡Estaba yo ahí, perdiendo los años mozos de mi columna vertebral, llevándoles los bolsos!¡Sueño!¡Ingratas!.
Caminando por la calle Rioja, de repente, veo un cartel. Hotel. Voy a entrar y preguntar ahí. Zona roja, las chicas estaban rematando sus últimos trabajos antes de que salga el sol, y yo, exhausto, toque el timbre del hotel en cuestión. Vidrio oscuro en la entrada, puerta de madera. Tuve que tocar varias veces. Y abrieron.
Entre con las dos comadrejas siguiéndome. Bajé bolsos, cajas, bolsitas, cajitas, puloveres y otras yerbas al suelo. Mmmm… alfombra roja. Los que atendían el hotel, estaban detrás de un vidrio ahumado… y la iluminación, como decirlo… no era usual.
Me acerco al vidrio.
- ¿Tenes una habitación?
- … (miradas entre ellos)…
- Habitación, room, sleep, torrar… una ha-bi-ta-cion ¿tenes?
- No
- ¿no se desocupa nada hoy?
- Si, hay habitaciones desocupadas
- Pero… ¿es una broma?. Porque tengo una noche difícil.
- Si, ya veo – me dice el imbecil, mirando a mi novia y su amiga
- No te entiendo flaco, ¿tenes o no tenes habitación?
- Si, tengo, pero no te puedo dar
- Mira, la puta que te parió, no te voy a rogar. ¿¿¿Me das la habitación o no???
- Flaco – me dice el conserje cagandose de risa – este es un hotel para parejas
- ¿Un telo?
- Si… y no te puedo dejar entrar con dos mujeres, a menos que…
- ¿Plata?
- A menos que elijas a una sola.
Empecé a masticar la vergüenza, la risa, y la bronca. Escupí una bola de confusión en la alfombra roja. Cuando termine de armar sobre mí la carga, lo mire, y le pregunte:
- ¿me hubieras dejado entrar si venia sin los bolsos?
- Y, tal vez si – me dijo, ante el horror de “mis mujeres”
- Y bueh… ¿no sabes donde puedo conseguir algo a esta hora?
- Suerte – me dijo, y pulso la chicharra abre puertas…
Esa mañana el sol salió, pero yo, me quedé en cama. Me estalló el estomago de ver lo que había adentro de esos bolsos tremendos. Zapatos, carteras, vestidos de fiesta…
Y el boludo se llevo una mochila con un short, dos remeras, y tres calzoncillos. Las ojotas, las compré allá.
Eramos tan felices, que ahora me doy cuenta que solo eramos dos niños viviendo una historia sin futuro, un cuento insostenible. La inmadurez que ostentábamos solo era comparable a la idiotez que profesábamos, cuando frente al mundo nos decíamos palabritas de enamorados. Usted sabe a que me refiero. Esas cosas de la categoría “cuchi cuchi”. Eramos idiotas. Y felices. Si bien no extraño esa felicidad de jardín de infantes, extraño algunas cosas que nos sucedían a menudo, como la historia del telo de La Perla, que Onírica me pide a gritos que cuente.
Por mandato de una ley de tiempos inmemoriales, los padres aceptaban todo, absolutamente todo de mi, menos que me llevase a la nena de vacaciones. Solos. Podíamos ir con la agrupación hippie “emporrados es mejor”, y no había problemas. Pero solos no. Podíamos ir con el club swinger “prestame a la tuya que la mía me cansó”, y culear como gorilas en la niebla… pero solos, como una pareja común, no.
De hecho, ese fue el motivo principal de nuestra separación. Había dado sobradas muestras de integridad, entereza y valores morales (el primer día que fui a su casa, estaba borracho como una cuba). Esgrimían sus padres argumentos como “que van a decir los vecinos”(¿?)
No recuerdo el año, supongo que fue por allá por el 96, decidimos irnos unos días a la feliz, la perla del atlántico, la ciudad más bella del mundo de marzo a diciembre. Nos íbamos unos días a Mar del Plata.
Claro, estaba el tema de que no podíamos ir solos, por lo que tuvimos que buscar (no seria esta la primera vez) un tercero que oficiara de chaperon. En este caso, fue una amiga de ella.
Fuimos hasta la estación constitución, de noche, a tomar el tren. Optamos por esa opción, no por el precio, sino por la aventura. ¡para que!. Apenas subimos al tren, una banda de monos empedados, empezó a cantar como si estuviéramos en la cancha de Claypole. Eso, olor a todo, la mugre, y la iluminación del tren, hacían el fiel reflejo del tren fantasma, o tal vez mas acertado, de un tren con rumbo al presidio del fin del mundo. Y encima, para empeorarla, el tren estaba sobrevendido, por lo cual hubo una pequeña escaramuza en el vagón a raíz de un asiento y dos pasajeros. Una vez que hubo arrancado el convoy infernal (dos horas después de la estipulada), apareció el guardatrén. Y se le ocurrió a este saprogeno, pedir los boletos para controlarlos. Uno de los pasajeros enardecidos, se negó a dárselo, y el guarda se fue y volvió con un amiguito fornido. Entraron al vagón, y encararon al pasajero sedicioso. Este se incorporo, y al instante empezó una guerra de puñetazos e insultos llenos de furia. Esto duro unos 10 minutos. Así empezaba la noche. La noche de mis mini vacaciones en pareja.
Después del viaje en tren, una peripecia irrepetible, una tortura de órdago, llegamos caminando desde la estación, a la avenida independencia. Déjenme decirles que como caballero, debía llevar mi bolso, los bolsos de mi amada, mas los de la amiga de mi amada, mas cajas de comida que la amiguita esta traía para no se quien, mas bolsas y bolsitas. Era yo un bagayero boliviano, caminando hacia el cruce de Avenida Luro e Independencia.
Unos años atrás, había estado en un hotel llamado Sennac, un lindo lugar, donde no me habían cobrado caro, y me habían atendido bien. El Sennac estaba completo, el Ola Mar, también. La desesperación por dejar los bolsos en el piso era tremenda. Y las dos boludas nucleares venían quejándose de que tenían sueño. ¡Sueño!. ¡Estaba yo ahí, perdiendo los años mozos de mi columna vertebral, llevándoles los bolsos!¡Sueño!¡Ingratas!.
Caminando por la calle Rioja, de repente, veo un cartel. Hotel. Voy a entrar y preguntar ahí. Zona roja, las chicas estaban rematando sus últimos trabajos antes de que salga el sol, y yo, exhausto, toque el timbre del hotel en cuestión. Vidrio oscuro en la entrada, puerta de madera. Tuve que tocar varias veces. Y abrieron.
Entre con las dos comadrejas siguiéndome. Bajé bolsos, cajas, bolsitas, cajitas, puloveres y otras yerbas al suelo. Mmmm… alfombra roja. Los que atendían el hotel, estaban detrás de un vidrio ahumado… y la iluminación, como decirlo… no era usual.
Me acerco al vidrio.
- ¿Tenes una habitación?
- … (miradas entre ellos)…
- Habitación, room, sleep, torrar… una ha-bi-ta-cion ¿tenes?
- No
- ¿no se desocupa nada hoy?
- Si, hay habitaciones desocupadas
- Pero… ¿es una broma?. Porque tengo una noche difícil.
- Si, ya veo – me dice el imbecil, mirando a mi novia y su amiga
- No te entiendo flaco, ¿tenes o no tenes habitación?
- Si, tengo, pero no te puedo dar
- Mira, la puta que te parió, no te voy a rogar. ¿¿¿Me das la habitación o no???
- Flaco – me dice el conserje cagandose de risa – este es un hotel para parejas
- ¿Un telo?
- Si… y no te puedo dejar entrar con dos mujeres, a menos que…
- ¿Plata?
- A menos que elijas a una sola.
Empecé a masticar la vergüenza, la risa, y la bronca. Escupí una bola de confusión en la alfombra roja. Cuando termine de armar sobre mí la carga, lo mire, y le pregunte:
- ¿me hubieras dejado entrar si venia sin los bolsos?
- Y, tal vez si – me dijo, ante el horror de “mis mujeres”
- Y bueh… ¿no sabes donde puedo conseguir algo a esta hora?
- Suerte – me dijo, y pulso la chicharra abre puertas…
Esa mañana el sol salió, pero yo, me quedé en cama. Me estalló el estomago de ver lo que había adentro de esos bolsos tremendos. Zapatos, carteras, vestidos de fiesta…
Y el boludo se llevo una mochila con un short, dos remeras, y tres calzoncillos. Las ojotas, las compré allá.
jueves, 2 de octubre de 2008
De Rusia con amor - El final
Ya se había hecho tarde para mí resistencia, y empezamos a buscar al resto de la legión extranjera en ese gentío. Pyotr seguía en la barra. Gracias a Dios, había caído dormido. Lo desperté, y lo ayudamos a caminar. Lo llevé hasta la puerta y le hice entender que tenía que esperarnos ahí. Lara entendió. Lara se quedó. El aire fresco lo ayudó bastante. Volví a entrar, para buscar a Vera y Nikolai. Vera estaba buscándonos a nosotros y a Nikolai, como dije antes, lo encontramos a los besos borrachos con una señorita. Salimos a la puerta, yo escoltaba a Vera y su amigo nuevo, y a Nikolai y su amiga nueva. Pyotr estaba hablando con otra chica en la puerta, pero no prosperó el intento. Los 7, subimos por Ricardo Rojas, buscando el hotel.
Fue bastante extraño todo. Gente desconocida, idiomas contrastantes, la traductora oficial enroscada como una boa con su presa, un ruso ebrio tirado en un sillón. Otro ruso hablando con su amiga y mirándome a mí. Demasiada gente en un mismo lugar. Demasiado raro todo.
Lara y yo optamos por aislarnos en una habitación. Seguimos lo que habíamos empezado, y no podíamos ni queríamos entreverarnos en esa imagen confusa que era la habitación de los muchachos. Su boca, bonita y perfecta, no se cansaba de besarme y de decir cosas en ruso, que sonaban bien, excitantes, pero que jamás sabré que significaban. Compartimos caricias, besos, sexo, con la única particularidad de las extrañas palabras en ruso. Una delicia. Solo nos faltó charla, pero teníamos unas expresivas miradas para suplantarla. Fue la coronación de un día alcohólico y maravilloso. Dormimos lo que quedaba de la noche. Sin ganas, me vestí, me despedí con un beso, y fui a intentar trabajar. Vera, me había dado el teléfono del trabajo, para mantenernos en contacto durante el día, y organizar la próxima noche. Caminé hasta la terminal del tren Mitre y me baje en la estacion Carranza, donde estaba mi trabajo.
Cuando hablamos, a Vera le encanto la idea de ir al café Tortoni ese jueves a la noche a escuchar tango, tal vez jugar al billar, y seguro, ver al negro Dolina.
Nos divertimos más que el día anterior, después del programa, caminamos por avenida de mayo hasta el congreso, y de ahí, volviendo por corrientes, hasta el bajo. Los teatros estallaban y los cines también, la gente se agrupaba en las salidas, en las pizzerías, debajo de las luces brillantes. Mis nuevos amigos estaban encantados por la ciudad que no dormía. Vera y los muchachos, optaron por seguir la parranda del día anterior. Lara y yo optamos por volver al hotel temprano. No podía esperar para volver a vivir esa experiencia alucinante. Otra vez, palabras extrañas, miradas inolvidables, y abrazos, y caricias. Pero esta vez, los dos sabíamos que era la última.
El viernes a la tarde, cuando Vera saliera de trabajar, los cuatro volarían a El Calafate, para visitar el glaciar Perito Moreno, el Upsala, y probablemente cruzarían a Chile. De ahí, tal vez cruzarían el pacifico, quien sabe, o tal vez subirían por la columna de America.
Me despedí de Lara con un último beso. Me despedí de Pyotr y Nikolai con un fuerte apretón de manos (por las dudas), y de Vera, con un “hasta luego”.
Hable después de un mes al número que me había dado. Se alegro de escucharme. Quiso que nos juntáramos. Le pregunte por Lara, y por los muchachos. Ya estaban en Rusia de vuelta en sus trabajos. De vuelta en sus vidas. Vera terminaba el año de pasantía en unas semanas, y no sabia que iba a hacer.
Llamo para despedirse un 19 de diciembre de 2001. El 20, fui a Ezeiza, con la excusa de saludarla, lleve una partitura con una canción, para que se la diera a Lara. Prometió que así lo haría, me abrazo, y me dijo “gracias”. Luego de eso, subió por las escaleras a la sala de pre embarque. Y desapareció, marcando el final de una historia increíble. Con la primavera se iba ella y venían tiempos nefastos.
El 21, primer día del verano, desperté a la realidad con los acontecimientos que sumergieron al país en otra historia increíble. Un día que se recordara por siempre en la historia. Aquel 21, la tristeza me embargo por completo, al igual que a todo argentino en el país, y en el mundo.
Tal vez para escapar de esa tristeza, huí a Rosario para pasar aquel año nuevo, y cada vez que encendía la radio, teníamos un nuevo presidente. Pero eso… eso es parte de otra historia.
Fue bastante extraño todo. Gente desconocida, idiomas contrastantes, la traductora oficial enroscada como una boa con su presa, un ruso ebrio tirado en un sillón. Otro ruso hablando con su amiga y mirándome a mí. Demasiada gente en un mismo lugar. Demasiado raro todo.
Lara y yo optamos por aislarnos en una habitación. Seguimos lo que habíamos empezado, y no podíamos ni queríamos entreverarnos en esa imagen confusa que era la habitación de los muchachos. Su boca, bonita y perfecta, no se cansaba de besarme y de decir cosas en ruso, que sonaban bien, excitantes, pero que jamás sabré que significaban. Compartimos caricias, besos, sexo, con la única particularidad de las extrañas palabras en ruso. Una delicia. Solo nos faltó charla, pero teníamos unas expresivas miradas para suplantarla. Fue la coronación de un día alcohólico y maravilloso. Dormimos lo que quedaba de la noche. Sin ganas, me vestí, me despedí con un beso, y fui a intentar trabajar. Vera, me había dado el teléfono del trabajo, para mantenernos en contacto durante el día, y organizar la próxima noche. Caminé hasta la terminal del tren Mitre y me baje en la estacion Carranza, donde estaba mi trabajo.
Cuando hablamos, a Vera le encanto la idea de ir al café Tortoni ese jueves a la noche a escuchar tango, tal vez jugar al billar, y seguro, ver al negro Dolina.
Nos divertimos más que el día anterior, después del programa, caminamos por avenida de mayo hasta el congreso, y de ahí, volviendo por corrientes, hasta el bajo. Los teatros estallaban y los cines también, la gente se agrupaba en las salidas, en las pizzerías, debajo de las luces brillantes. Mis nuevos amigos estaban encantados por la ciudad que no dormía. Vera y los muchachos, optaron por seguir la parranda del día anterior. Lara y yo optamos por volver al hotel temprano. No podía esperar para volver a vivir esa experiencia alucinante. Otra vez, palabras extrañas, miradas inolvidables, y abrazos, y caricias. Pero esta vez, los dos sabíamos que era la última.
El viernes a la tarde, cuando Vera saliera de trabajar, los cuatro volarían a El Calafate, para visitar el glaciar Perito Moreno, el Upsala, y probablemente cruzarían a Chile. De ahí, tal vez cruzarían el pacifico, quien sabe, o tal vez subirían por la columna de America.
Me despedí de Lara con un último beso. Me despedí de Pyotr y Nikolai con un fuerte apretón de manos (por las dudas), y de Vera, con un “hasta luego”.
Hable después de un mes al número que me había dado. Se alegro de escucharme. Quiso que nos juntáramos. Le pregunte por Lara, y por los muchachos. Ya estaban en Rusia de vuelta en sus trabajos. De vuelta en sus vidas. Vera terminaba el año de pasantía en unas semanas, y no sabia que iba a hacer.
Llamo para despedirse un 19 de diciembre de 2001. El 20, fui a Ezeiza, con la excusa de saludarla, lleve una partitura con una canción, para que se la diera a Lara. Prometió que así lo haría, me abrazo, y me dijo “gracias”. Luego de eso, subió por las escaleras a la sala de pre embarque. Y desapareció, marcando el final de una historia increíble. Con la primavera se iba ella y venían tiempos nefastos.
El 21, primer día del verano, desperté a la realidad con los acontecimientos que sumergieron al país en otra historia increíble. Un día que se recordara por siempre en la historia. Aquel 21, la tristeza me embargo por completo, al igual que a todo argentino en el país, y en el mundo.
Tal vez para escapar de esa tristeza, huí a Rosario para pasar aquel año nuevo, y cada vez que encendía la radio, teníamos un nuevo presidente. Pero eso… eso es parte de otra historia.
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