martes, 18 de octubre de 2011
El lado oscuro de Apple
(Por Thomas Castroviejo / Yahoo! España)
La muerte de Steve Jobs desconcertó a Jia Jingchuan; antes de su muy mediatizado y lamentado fallecimiento, el icónico fundador de Apple había sido la única persona a la que esta trabajadora china podía escribir para pedir ayuda.
Jia Jingchuan estaba enferma y Jobs era responsable indirecto: es una de las 137 obreras de la fábrica de Foxconn, en Taiwán, víctima del n-hexane, un químico empleado por sus jefes para aumentar la productividad. Este lugar no sería tan famoso si no fuera porque allí se fabrican todos los iPods, iPads e iPhones del mundo.
Resulta que el n-hexane, con suerte solo produce desmayos o fuertes migrañas; sin ella afecta al sistema nervioso de los empleados. Jia cayó en un punto intermedio entre ambos síntomas. Era 2009. Desde entonces, estuvo escribiendo cartas a Jobs pidiendo ayuda y alertándole de las condiciones de la fábrica en la que sus aplaudidas visiones se hacen realidad. Es una práctica común: con turnos de 12 horas, 98 horas extra al mes y un día libre de cada quince, son muchos los trabajadores que, desesperados, intentaron avisar a Jobs de que el origen de sus productos no casaba con la visión idílica de "tecnología punta hecha fácil para el hombre de a pie" que propugnaba.
"Siento mucho la muerte de Jobs", explica Jia. "Su empresa ha hecho más fácil la vida de la gente y ha cambiado toda la industria; pero mi salario era tan bajo que no podía pagarme los productos que yo misma construía".
Son tiempos duros en Foxconn. No es que anden justos de gente (todo lo contrario: hay muchísimo campesino chino que cambia la campiña por una oportunidad de vivir en Taiwán), sino que la demanda nunca había sido tan alta hasta ahora. Entre el iPad 2, el nuevo iPhone y la gente que busca ponerse al día a través de los inventos de Jobs, casi ningún país da abasto llenando sus tiendas de aparatos Apple. Mientras, la empresa, que se comprometió públicamente a una política de trato legítimo a sus empleados, baja la cabeza ante las draconinanas condiciones de quienes fabrican sus productos. Básicamente, fingen no saber que pasan unas 12 horas al día frente a una cadena de montaje, repitiendo el mismo gesto una y otra vez. Tienen una hora para comer y dos descansos de 10 minutos. Si no son todo lo productivos que se espera de ellos, tienen que compensarlo con horas extra en sus ratos libres.
Hay que matizar: sí, hay suicidios, pero no más que en cualquier otra fábrica china (y muchos menos que en las universidades estadounidenses). Y sí, los trabajadores lo tienen duro, pero no son esclavos: abandonan el campo voluntariamente para trabajar en Taiwán y pueden dimitir cuando quieran. ¿Justifica esto los abusos? No está nada claro. No deja de rechinar el hecho de que haga falta someter a un grupo de personas para que el resto del mundo pueda tener las golosinas tecnológicas de Apple.
Esta es una semana crucial para la compañía; es la primera desde la muerte de Jobs, ya mismo empiezan a vender el nuevo iPhone. No van por mal camino: 24 horas después de permitir que su reserva online, ya han agotado existencias. Los trabajadores de Foxconn tendrán que trabajar más para atender a tanta demanda. Y mientras, los homenajes personales a las puertas de las tiendas Apple serán solo para Steve Jobs.
lunes, 26 de septiembre de 2011
Sueño de una noche de verano
-"Cinco perros, como si tuvieran tanto para que les roben", dijo en silencio mientras miraba inútilmente en la oscuridad, en dirección a la habitación de Matías, tratando de escuchar si también se había despertado.
- "Por suerte, no" pensó después de unos segundos de silencio, y se dio media vuelta para volver a conciliar el sueño.
- "Amor, se despertaron los chicos?"
La sorprendió la voz del hombre a su lado, cuya mano buscó el dorso de la suya para entrelazar sus dedos. Sin tiempo para una respuesta, cayó en un sueño profundo, a juzgar por su respiración.
-"LOS chicos?".
Se quedó pensando un momento en lo extraño del tono de voz de su marido, y en lo inusual de ese gesto íntimo y familiar.
En la oscuridad, se libró del abrazo y recorrió a oscuras el camino hasta la cocina. Tenía sed y el aire húmedo de enero se metía en la nariz y en la boca con la dificultad de un semi sólido. Mientras tanteaba en la mesada para encontrar un vaso, miró hacia el jardín de invierno, que estaba contra la ventana de la cocina. Ella insistía en llamarlo así, aunque nunca había logrado encontrar el tiempo para convertirlo en algo digno de ese nombre. En cambio, era un cuarto plagado de cachivaches, proyectos abandonados, y juguetes de Matías en desuso.
Sin embargo, a la tenue luz de la heladera abierta, se veía muy diferente.
-"Es como en mis sueños" pensó mientras se acercaba un poco mas a la ventana, con el vaso transpirado que temblaba en su mano.
En el cuarto de los cachivaches, Había ahora unos tablones en desnivel, a modo de escalinatas, que sostenían las cubetas hidropónicas en las que crecían verdes rúculas, perfumadas albahacas y caléndulas. Del techo y de las paredes, colgaban bromelias y orquídeas, y helechos abundantes y de todas clases que abarrotaban aquel lugar.
De cachivaches y juguetes, ni rastro.
Un poco tambaleante, desorientada, apoyó el vaso en la mesa de la cocina y regresó al pasillo que llevaba a la habitación de su hijo.
-“Los chicos”. La sentencia, simple, definitiva, retumbaba en su cabeza como el trueno resuena en un valle.
Empujó el picaporte con suavidad, esperando el chirrido de siempre, pero para su sorpresa, la puerta se abrió, liviana y silenciosa.
Encendió la luz de noche colgante, y se quedó petrificada en el centro de la habitación. Contra la pared de la puerta, dormía Matías en su cama con barrotes, cono esa pose de rana tan característica suya, la cabeza hundida en la almohada, las rodillas apoyadas y el culito hacia arriba.
Como si fuera un espectro, cruzó la habitación casi sin tocar el suelo, hacia la pared opuesta, donde había otra cama igual y una cuna, totalmente desconocidas para ella.
En su interior, dos niños navegaban en un sueño paciente y relajado. Se acercó aun más.
- "El mayor se parece tanto a alguien...." –pensó abriendo aun mas los ojos.
Mientras los miraba, la sorprendió esa vibración en el pecho que termina con lágrimas en los ojos.
-"Igual que cuando miro dormir a Matías... LOS chicos?"
Segura ya de estar soñando, regresó a su habitación, y se arrodilló suavemente al lado de la cama, donde dormía su su esposo.
Una luz vahída y cenicienta empezaba a entrar por la ventana, eran casi las 5, y empezaba a clarear.
Ahí estaba, era otro, tan parecido al niño grande que acababa de ver.
Una sombra de barba, algunas canas, y las entradas más marcadas de lo que recordaba. Tal vez algún kilo más también. No podía ver su sonrisa, claro, porque dormía profundamente.
Se acercó cuanto pudo sin tocarlo, por miedo a romper el hechizo y despertar. Pudo olerlo, y era tal como lo había imaginado siempre, aquella mezcla de hierbas y tabaco fresco.
Recordó que hacía un rato, él la había tocado y el sueño no se había desvanecido. Entonces se animó a volver a su lado de la cama y recostarse sonriente junto a él.
Era como una reacción automática. El sentía el movimiento en la cama, y giraba para tomarla entre sus brazos. Así pasó cuando se acostó, el inmediatamente giró para abrazarla, volvió a tomar su mano de la misma manera que antes (por el dorso), entrecruzó los dedos y llevó aquella unión a su abdomen. Selló aquel contrato con un beso suave en su cuello.
Ella quedó así atrapada en su abrazo, mirando al techo, con la nariz de él en el hueco de su cuello. Se acurrucó contra el, sin cerrar los ojos.
- "Esta sería mi vida si aquel día, en lugar de despedirlo, lo hubiera invitado a quedarse".
Se propuso no dormirse, así no se daría cuenta que todo era un sueño. Si hacía falta, no dormiría nunca más.
- "Ya son las 5 y media, si llega el día este sueño será realidad", pensó con la ingenuidad de una niña. Pero su día había sido tan duro… Matías estaba con fiebre, hacía noches que no dormía bien.
- "Un poco más, ya sale el sol"…
Toda la semana había estado trabajando horas extras, sólo para llegar y seguir trabajando en casa.
- "Ya casi, ya casi..." susurró bajito mientras atenazaba los dedos del hombre entre los suyos.
...
Un rezongo de Matías desde la otra habitación la despertó, y vio que era de día. Un día gris, denso y húmedo, con olor a polvo en el aire.
Se levantó sin mirar a su lado, y se fue a la cocina a preparar el biberón para Matías.
Mientras lo hacía, vio el “jardín de invierno” lleno de cachivaches, sin bromelias, ni helechos, sin perfumes, sin colores.
Entonces recordó las palabras que él le había dicho tiempo atrás: “Quien sabe… Tal vez a los 70 años terminemos juntos"
Suspiró, y se dibujó, imperceptible, una sonrisa debajo de sus brillosos ojos.
- "Habrá que esperar un poco", pensó.
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Nota: Este cuento no es mío. Me fué envíado para la publicación por su autora, con la expresa consigna de modificarlo a mi antojo. Y creo que le cambié 3 palabras. Creo...
jueves, 7 de julio de 2011
El capitán Ignacio - De la coleccion Cuentos escritos al voleo
- ¿Cuanto falta para que salga el sol?
- Y... dos minutos menos que la última vez que preguntaste.
- Ma... me aburro...
- Dormí un rato más Nacho, dale.
- Tengo hambre...
- Dormí.
- ¿Me haces una leche ma?
-…
Primero mama suspiró, como los frenos de un viejo camión. Después, cerró los ojos, corrió las sabanas, y sacó las piernas lentamente, de manera de quedar sentada en el borde de la cama. Así permaneció por unos instantes. Recién cuando los pies descalzos alcanzaron el suelo, abrió los ojos.
A tientas, en la oscuridad, busco las pantuflas rojas con los pies. Las encontró con el dedo gordo, y con él las trajo hacia sí.
Nacho escuchaba atentamente las suelas chasquear contra los mosaicos, alejándose lentamente hacia la cocina en la oscuridad.
Aquel verano el calor estaba realmente insoportable. Dormir a la noche sin acondicionador de aire era una verdadera hazaña, casi comparable con el cruce del desierto.
Recuerdo las mañanas de aquel verano, las caras somnolientas en la calle, los autos viajando lento, suave, con las ventanas abiertas, el sol calentando aun más el cemento. No. No era fácil para nadie dormir aquel año.
El sonido de las suelas volvía desde la cocina, trayendo consigo la cálida luz del pasillo.
- Tomá amor
- Gracias Mami... te amo.
La cara de sueño de pronto cedía ante la sonrisa en la cara de mamá. Por esas palabras, valía la pena cada vigilia.
– Yo también mi amorcito.
Desde casi medianoche, habían conversado, jugado, peleado, transpirado. Y el sueño no venía más que de a ratos, intermitente, como aquella alarma vociferante aullando en la noche, una, y otra, y otra vez. Los perros del barrio estaban al borde de la afonía, o, mejor dicho, de la agonía de otra noche mas, ladrando a aquel taladro invisible que les perforaba los tímpanos incansablemente.
“Luces fuera” – dijo mama desde el pasillo. Y pasaron veinte segundos.
- ¿Puedo ver la tele ma?
- Dormí Nacho, por favor.
- Pero no ten…
- ¡Dormí y punto!
Era un verano irritante.
Nacho cerró los ojos y se dio vuelta, arrastrando las sabanas pegadas en su espalda. Comenzó a pensar en una bicicleta naranja, de ruedas grandes, con cintas y luces de colores, que había visto en un negocio del centro. Si. Con eso, seguramente impresionaría a Lila, la morenita de trenzas que lo saludaba cada vez que pasaba por la puerta.
Lentamente, la bicicleta se fue convirtiendo en dragón, Lila bailaba graciosa y se iba volando con las mariposas, el barrio se veía parecido al de la casa de la abuela, y el agua anegaba las calles. La bicicleta–dragón era ahora un barco enorme, y Nacho permanecía impávido en cubierta, mirando al horizonte, navegando mar adentro.
Y mamá me miraba en la oscuridad, podía sentirlo.
- ¿Se durmió?
- Si. Por suerte sí.
- Este calor nos va a matar.
- Me gusta el invierno…
- Voy a tratar de dormir un poco…
- Si…
Después de unos minutos, mamá dormía inquieta. Nacho se daba vuelta en algún sueño y me abrazaba. Y yo, con los ojos abiertos, ciegos, mirando a la oscuridad, esperaba el sueño... que en cualquier momento sucedería…
Cerré los ojos, y pensé en lluvia, fresca, abundante. Lluvia que lavara la tierra y enfriara el asfalto, lluvia, viento, frío. Pensé en el invierno y las nevadas, y lentamente me fui sintiendo más cómodo. Tal vez, si el cielo se hubiera abierto y el agua hubiera caído abundante, muy abundante, yo hubiera salido en un pequeño botecito al mar, a perseguir al capitán Nacho para que me llevara en sus maravillosas aventuras.
Fue entonces que oí al viento empezar a soplar, a arremolinarse, a levantar hojas secas y polvo contra las ventanas abiertas. El aire frío se empezó a sentir, y me levanté a cerrar todo.
- ¿Va a llover?
- Parece…
- Que bueno… ojalá llueva mucho…
- Ojalá amor… ojalá.
- Si llueve mucho no van los chicos al cole.
- Ni yo a trabajar…
Cuando las primeras gotas empezaron a sentirse en la ventilación del calefón, en los vidrios, en las plantas, en la tierra árida, Franco tosía dormido allá en su cama, mamá respiraba pesadamente, y Nacho seguramente remontaba olas gigantes.
Yo sonreía mientras afuera el cielo comenzaba ya a clarear.
Con suerte y viento a favor, iba a estar subiendo a aquel barco en unos minutos, navegando hacia aventuras ya soñadas muchos años atrás, completamente nuevas para mi capitán.
martes, 10 de mayo de 2011
Cortando tubazos!
Bueno... no. Subí un video de como corto las botellas en Youtube.
Advertencia: Se ve como el reverending ort... pero se entiende el concepto.
jueves, 5 de mayo de 2011
El valor de una promesa
Esto está escrito para mi amiga Mae, la estrella mas brillante de la gran Bahía del Sur.
- Prometeme que no te vas a ir...
- No puedo prometer eso.
- ... sin antes vernos a los ojos.
Ahora miraba sus fotos. Instantáneas de vida, donde no encontraba nada que pudiera contestar a sus preguntas.
Salió a la puerta, y comenzó a caminar. Sin destino fijo, mas que alejarse todo lo que pudiera de las luces.
Llegó a las puertas de la ciudad, y decidió alejarse unos metros mas. Cuando no veía ya sus pies en el sendero, levanto la mirada.
- Ahí estabas - Pensó.
Los planetas seguían girando, aunque sin un motivo mas, que el insulso destino de caer en espiral, durante eones, hacia el sol.
- Tené cuidado. Los planetas miran.
- ¡Como van a mirar!
- Si. Miran. Así que no andes mas en bolas por el patio, o vas a provocar un desastre universal.
Ella se reía con esas ocurrencias. Y recordaba, siempre. Cuando podía, volvía a sacar de la galera cosas que el le había dicho cuando quería levantarle el animo, y las devolvía al que las había dicho antes.
Recordó la voz de Elvis cantando "Return to sender".
- ¡Estas en el ojo del huracán!
De a ratos, el, de a ratos ella. Los dos recorrían siempre esa zona de desastre, quien sabe buscando que cosa. Discos viejos de vinilo tal vez, botellas vacías, o piedritas con formas raras. Algo siempre había que buscar.
Recordó aquel día en que se quedó mirando el cursor en la pantalla, sin poder escribir palabra, sin poder cerrar la boca.
"Así es la vida" pensó, y se le antojó bastante injusta. E irresponsablemente ofreció el trueque.
- Cambiaría mi lugar en la fila por el tuyo.
- No digas boludeces
"Sin dudarlo" - pensó, completando su oferta.
Ahora transcurrían los amables días del estío, y su presencia era aun mas palpable que cuando estaban separados por una enorme distancia.
"Si pudiera te cambiaría el lugar en la fila".
La fila marchaba lenta e implacable hacia el único destino posible. Y el la veía colándose cada tanto unos lugares para atrás, para ganarle un par de días al tiempo, un par de risas a la tristeza, un par de besos a la vida.
Soñó que estiraba su mano y la alcanzaba. Soñó que se iban corriendo de la fila, lejos, a pura risa, gritando como adolescentes.
- ¿No sabías que Saturno le juega a los burros en Palermo, y que Júpiter es el mas chusma de todos los planetas?
- No, pero ahora voy a usar mas el camisón.
Si hubieran estado mas cerca, tal vez, quien sabe, hubieran sido vagabundos, grandes amigos, o enemigos acérrimos. Seguramente algo hubieran hecho con ese tiempo que se regala a cada ser.
Nadie sabe como cuenta el reloj real. A veces cuenta parejo, a veces vuela, otras, va hacia atrás. El reloj que tenía el, el del tiempo de mentira, decía que ya era tarde para cenar, o temprano para levantarse.
Volvió a casa, y envolvió la copa que iba a regalarle cuando la viera. En un mundo ideal, hubieran compartido algunos momentos de alegría, hasta que fueran tan viejos que el viaje se hiciera engorroso. La copa seguramente se habría gastado, así como sus memorias.
"A veces, la imagen de unos viejitos sentados en silencio, no es tan triste" - pensó.
Marcó el calendario. Ya faltaba menos.
- Te la voy a llevar, estés donde estés.
- O la voy a buscar.
- O nos encontramos.
- Si. Nos encontramos.
De una forma extraña, hacía tiempo ya, dos amigos se habían encontrado.