jueves, 7 de julio de 2011

El capitán Ignacio - De la coleccion Cuentos escritos al voleo

- ¿Cuanto falta para que salga el sol?
- Y... dos minutos menos que la última vez que preguntaste.
- Ma... me aburro...
- Dormí un rato más Nacho, dale.
- Tengo hambre...
- Dormí.
- ¿Me haces una leche ma?
-…

Primero mama suspiró, como los frenos de un viejo camión. Después, cerró los ojos, corrió las sabanas, y sacó las piernas lentamente, de manera de quedar sentada en el borde de la cama. Así permaneció por unos instantes. Recién cuando los pies descalzos alcanzaron el suelo, abrió los ojos.

A tientas, en la oscuridad, busco las pantuflas rojas con los pies. Las encontró con el dedo gordo, y con él las trajo hacia sí.

Nacho escuchaba atentamente las suelas chasquear contra los mosaicos, alejándose lentamente hacia la cocina en la oscuridad.

Aquel verano el calor estaba realmente insoportable. Dormir a la noche sin acondicionador de aire era una verdadera hazaña, casi comparable con el cruce del desierto.

Recuerdo las mañanas de aquel verano, las caras somnolientas en la calle, los autos viajando lento, suave, con las ventanas abiertas, el sol calentando aun más el cemento. No. No era fácil para nadie dormir aquel año.

El sonido de las suelas volvía desde la cocina, trayendo consigo la cálida luz del pasillo.

- Tomá amor
- Gracias Mami... te amo.


La cara de sueño de pronto cedía ante la sonrisa en la cara de mamá. Por esas palabras, valía la pena cada vigilia.

– Yo también mi amorcito.

Desde casi medianoche, habían conversado, jugado, peleado, transpirado. Y el sueño no venía más que de a ratos, intermitente, como aquella alarma vociferante aullando en la noche, una, y otra, y otra vez. Los perros del barrio estaban al borde de la afonía, o, mejor dicho, de la agonía de otra noche mas, ladrando a aquel taladro invisible que les perforaba los tímpanos incansablemente.


“Luces fuera” – dijo mama desde el pasillo. Y pasaron veinte segundos.


- ¿Puedo ver la tele ma?
- Dormí Nacho, por favor.
- Pero no ten…
- ¡Dormí y punto!

Era un verano irritante.

Nacho cerró los ojos y se dio vuelta, arrastrando las sabanas pegadas en su espalda. Comenzó a pensar en una bicicleta naranja, de ruedas grandes, con cintas y luces de colores, que había visto en un negocio del centro. Si. Con eso, seguramente impresionaría a Lila, la morenita de trenzas que lo saludaba cada vez que pasaba por la puerta.

Lentamente, la bicicleta se fue convirtiendo en dragón, Lila bailaba graciosa y se iba volando con las mariposas, el barrio se veía parecido al de la casa de la abuela, y el agua anegaba las calles. La bicicleta–dragón era ahora un barco enorme, y Nacho permanecía impávido en cubierta, mirando al horizonte, navegando mar adentro.

Y mamá me miraba en la oscuridad, podía sentirlo.

- ¿Se durmió?
- Si. Por suerte sí.
- Este calor nos va a matar.
- Me gusta el invierno…
- Voy a tratar de dormir un poco…
- Si…

Después de unos minutos, mamá dormía inquieta. Nacho se daba vuelta en algún sueño y me abrazaba. Y yo, con los ojos abiertos, ciegos, mirando a la oscuridad, esperaba el sueño... que en cualquier momento sucedería…

Cerré los ojos, y pensé en lluvia, fresca, abundante. Lluvia que lavara la tierra y enfriara el asfalto, lluvia, viento, frío. Pensé en el invierno y las nevadas, y lentamente me fui sintiendo más cómodo. Tal vez, si el cielo se hubiera abierto y el agua hubiera caído abundante, muy abundante, yo hubiera salido en un pequeño botecito al mar, a perseguir al capitán Nacho para que me llevara en sus maravillosas aventuras.

Fue entonces que oí al viento empezar a soplar, a arremolinarse, a levantar hojas secas y polvo contra las ventanas abiertas. El aire frío se empezó a sentir, y me levanté a cerrar todo.

- ¿Va a llover?
- Parece…
- Que bueno… ojalá llueva mucho…
- Ojalá amor… ojalá.
- Si llueve mucho no van los chicos al cole.
- Ni yo a trabajar…


Cuando las primeras gotas empezaron a sentirse en la ventilación del calefón, en los vidrios, en las plantas, en la tierra árida, Franco tosía dormido allá en su cama, mamá respiraba pesadamente, y Nacho seguramente remontaba olas gigantes.

Yo sonreía mientras afuera el cielo comenzaba ya a clarear.

Con suerte y viento a favor, iba a estar subiendo a aquel barco en unos minutos, navegando hacia aventuras ya soñadas muchos años atrás, completamente nuevas para mi capitán.

7 comentarios:

Natalia Alabel dijo...

Qué bueno que vuelvan los cuentos al voleo!

Viejex dijo...

Me gustan esos detalles de cosas tan cotidianas como la búsqueda de las pantuflas con los pies. A mi también me alegra que vuelvan los cuentos al voleo. Abrazo, gato.

Claudio G. Alvarez Tomasello dijo...

Coincido con el Sr. incendiario de arriba. Lo cotidiano en las descripciones sin pretensiones... son "la marca en el oriyo"
Me hiciste viajar lejos en el tiempo, Gato. Gracias.

Zeithgeist dijo...

que lindo... me encantó.

Ya dijo...

Como mencionaron antes, los detalles, se sienten en cada palabra y la imaginación no solo está ahí, sino que vuela, muy bueno!!
gracias por firmar en él mio, sinceramente no creía que alguien tal vez lo leyera.

Anónimo dijo...

Por la presente se notifica al dueño/tutor/apoderado de este blog que dos usuarias frecuentes exigen la publicación inmediata de un nuevo post, por su bien y el de sus lectores. Fdo: la loca de bahía y su amiga del litoral

Rocío dijo...

Qué lindo! Volvió!
Las pantuflas buscadas a tientas con los pies, y el repiqueteo de la lluvia en la ventilación del calefón, son el tipo de detalles que hacen reales sus relatos y que hablan de su sensibilidad a las pequeñas cosas de todos los días.
Grato tenerlo de vuelta con los CUERVOs, que por lo que veo ahora son los CUEVOs :)
Besos.