Tengo uno de esos
días. Mi cabeza está totalmente incendiada. Y si bien de las cenizas resurgen las ideas depuradas, mi cabeza está en brasas. Y de las brasas, no salen mas que calor, un color
bellísimo, y también batatas asadas.
Y
acá van las batatas asadas.
Anoche no pude dormir.
Después de saludar a mi amiga
Waka, me fuí a acostar. Pero no pude dormir. Me la pasé cantando mentalmente y recordando letras, pero de canciones completamente absurdas.
Melodías increiblemente idiotas y letras deleznables. Y con los ojos abiertos, mirando al
vacio (y la ensalada rusa y el tinto con hielo) de la noche, el insomne no hacía mas que repetir las mismas canciones en el
mp3 interno. Una, y otra, y otra vez.
Cuando me
dormí,
empecé a escuchar "el vals del duende" en guitarras. Y dije : Llegó la paz del sueño... creía que los pensamientos se habían ordenado y arrancaban con una melodía simple, para encarrilarse hacia campos floridos de acordes de pianos y cuerdas y vientos. Arreglos maravillosos estaban en camino para acompañar voces prodigiosas...
Y no. Era el despertador del celular. Y eran las 06:30.
Gracias a este estado incendiado de mi escaso cerebro, se me cruzan las ideas mas
inverosímiles, los recuerdos mas olvidados, las
imágenes mas inesperadas. Pensaba por ejemplo, que la cartera o bolso de una mujer es lo mismo que un disco
rígido, cuanto mas espacio tiene, mas
boludeces alberga, y mas imposible es encontrar algo. Y me dí cuenta que,
ultimamente, ando con una mochila al hombro y esta tiene el mismo problema. Ya me esta empezando a quedar chica. O yo estoy empezando a ser un poco chica. No lo sé. Ni quiero.
Por otro lado, recordé ayer cosas de mi infancia. Y me reía solo en la calle. Porque mi infancia estuvo plagada de maravillosos momentos, de gente feliz e inolvidable, de tardes de aventuras y mañanas de colegio. De vueltas a la manzana en
bici naranja rodado 14, una
aurorita con asiento banana, y unos
plastiquitos a cuadros blancos y negros en los rayos. De amigos. De felicidad.
Llegando al trabajo hoy, me dije "¡Santa cachucha
Batman!" mientras
veía pasar a unas monjas, y venía pensando que, en las últimas horas no estuve haciendo otra cosa que repasar mi vida de manera un poco desordenada. Me acordé de unos besos robados, unas travesuras de infante, mi disfraz de gaucho en 2do grado, el sueño a los 11 años de que tener una novia que se llamara
Graciela, mi viejo ausente y la guitarra que me regaló para cumplir SU sueño en mí, mi vieja y mis hermanos presentes, una novia que tocaba el piano y que me relajaba de tal forma que
caía dormido
escuchándola practicar nocturnos de
Chopin y
Haydn. Me asusta un poco eso de ver pasar la vida frente a tus ojos.
Tal vez esté en la
época de balance de la mitad de la vida. Y la verdad, que resulta positivo.
Tengo
muchísimo mas de lo que
podía imaginar cuando salia de la niñez y empezaba a soñar un futuro, a preocuparme acerca de que iba a hacer y ser "cuando fuera grande".
Bueno, al final, no fuí ni el bombero ni el alpinista que soñaba de chico. El ingeniero
atómico del
Balseiro que quise ser, se quedo perdido en los pasillos de la
UTN de
Medrano en los 90, donde no pude aprobar
física y
matemáticas con un promedio brillante. Casi llego a ser veterinario. Casi. Mi carrera en el conservatorio municipal de San
Martín tuvo honrosos años y otros no tanto. Y la misma suerte que las carreras anteriores. Llegué a recibirme de Analista de sistemas. Tambien tengo un hijo
increíble. Vivo en un lugar
increíble. Tengo vecinos
increíblemente tontos y otros
increíblemente agradables. Tengo la posibilidad de ver este
sábado a mi amiga
Evelyn, que ahora vive en Alemania y esta de visita en el
país.
Tengo mucho, aunque a veces no me parezca
así.
Igual, no pierdo las esperanzas, la cabeza en brasas aun funciona. Por lo pronto, tengo en mente
musicalizar un texto de
Waka. No es poco desafío. Y si lo es, bueno, al menos me llena el alma de felicidad.
Nos vemos en el cielo.